14 marzo 2026
- Sucedió otra vez. Dos sensaciones opuestas, cruzándose sin avisar, mientras la luz del nuevo día se filtraba por las rendijas de la persiana y despertaba, como siempre, las sombras de mi imaginación.
- Tras la muerte de mi Padre, nos reunimos en casa para acompañar a mi Madre. Aquel día recorrí cada estancia como quien repasa una vida entera. En cada rincón encontraba un fragmento de mis veintitrés años allí. Pero fue en el baño donde algo me detuvo: un tubo empezado de pasta dentífrica, una botella a medio consumir de Hair Tonic Blue, una cajita abierta de hojas de afeitar y otros objetos semejantes. Los tomé entre mis manos, uno por uno, sabiendo que Él los habría sostenido horas antes. Y me pregunté, con una mezcla de ternura y desasosiego, si al abrir ese último tubo o al estrenar aquella botella habría imaginado que serían los últimos.
- Desde entonces, aquella sensación —que entonces viví como un golpe triste— me acompaña cada vez que comienzo un tarro de Nescafé, un Sensodyne, un Hair Tonic, un bote de laca, una caja de Zyloric o cualquier objeto destinado a durar. Una especie de conciencia silenciosa, inevitable.
- En los últimos tiempos —no sé si meses o quizá años— me descubro evitando, sin pensarlo, poner el punto final a cualquier nota o escrito. Es un gesto automático, casi obstinado, como si una parte de mí se negara a cerrar del todo.
- Quiero creer, y lo creo, que esta resistencia es una forma íntima de rebeldía. Un modo de recordarme que no todo debe concluir deprisa, que hay cosas que conviene dejar abiertas, respirando, sin urgencias ni clausuras innecesarias.
- Y termino recordando una frase cuyo autor no logro fijar en la memoria, pero que vuelve a mí con frecuencia, como si quisiera ocupar un lugar central entre mis razones para seguir atento a la vida. Decía que la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar. Quizá ahí resida, precisamente, la gracia de seguir adelante.

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